Nos gusta hablar de proteger la naturaleza. Creamos espacios naturales protegidos, aprobamos leyes medioambientales y enseñamos a nuestros hijos a respetar la biodiversidad. Pero basta con subir a las montañas de La Rioja para que surja una pregunta muy sencilla: ¿quién decide hoy realmente sobre estas montañas?
|Opinión|
Actualmente, grandes extensiones de montaña se han convertido, de hecho, en pastos de explotaciones ganaderas privadas. Ovejas y vacas recorren libremente decenas de kilómetros sin la supervisión constante de los pastores, mientras son protegidas por mastines, perros de gran tamaño que, en numerosas ocasiones, muestran un comportamiento agresivo hacia senderistas, ciclistas y otros visitantes.
Cada vez más personas tienen miedo de salir a la montaña, y eso empieza a convertirse en algo normal. En lugar de disfrutar de la naturaleza, muchas personas caminan pensando únicamente en si, detrás de la siguiente loma, aparecerán varios mastines de más de 60 kilos.
En España ya se han producido ataques de mastines a personas y, lamentablemente, algunos de ellos han tenido consecuencias mortales.
La situación resulta, cuanto menos, contradictoria. En las ciudades existen normas claras: los perros deben permanecer bajo el control de su propietario, sujetos con correa y, en determinados casos, con bozal. Sin embargo, en la montaña esas normas parecen dejar de aplicarse. En su lugar, se instalan carteles con recomendaciones sobre cómo actuar ante un encuentro con un mastín.
Pero ¿realmente funcionan esas recomendaciones?

Un senderista puede encontrarse con varios mastines sin que haya ningún pastor cerca, perros que deciden por sí mismos quién representa una «amenaza» para el rebaño.
Y, al final, es la persona quien queda sola frente a ese peligro.
Un problema termina generando otro.
Las poblaciones de fauna salvaje disminuyen. La población de lobos en La Rioja sigue siendo reducida y el espacio disponible para su hábitat natural es cada vez menor.
Sin embargo, es precisamente el lobo el que termina siendo señalado, porque se considera un obstáculo para la actividad ganadera.
¿Es eso justo?
Los lobos han vivido en estas montañas durante siglos.
Este es su hogar.
El lobo vive en la montaña porque es su hogar. El ser humano utiliza la montaña porque forma parte de su actividad económica.
Fue el ser humano quien llegó al territorio del lobo, y no al revés.
Además, en La Rioja existe un sistema de compensaciones públicas para indemnizar a los ganaderos por las pérdidas de ganado causadas por el lobo. Es decir, la sociedad ya asume parte de esas pérdidas económicas.

Pero…
¿Quién compensa la pérdida de la naturaleza salvaje?
¿Quién compensa la destrucción de las familias de lobos?
Mientras el lobo siga pagando con su vida el precio de la actividad humana y los ciudadanos paguen con su seguridad, será imposible hablar de justicia.
Y en lugar de buscar un equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, cada vez con más frecuencia terminamos declarando la guerra a la propia naturaleza.
¡Las montañas no son una finca privada!
Son un patrimonio natural de toda la sociedad.
La naturaleza no puede convertirse en rehén de la actividad humana.
Las montañas deben ser un lugar seguro tanto para la fauna salvaje como para las personas.
Un pasto es una explotación privada. Debe tener límites claramente definidos y estar debidamente vallado. Es allí donde deben permanecer los rebaños, los mastines y los pastores, bajo un control humano permanente.
Sin embargo, hoy da la impresión de que las montañas públicas se están convirtiendo en un territorio donde las reglas las acaba imponiendo quien utiliza esos pastos para su ganado.
Si un ganadero obtiene beneficios de la ganadería, también debe asumir toda la responsabilidad de cómo organiza su actividad:
* pastos seguros, claramente delimitados y vallados;
* control permanente de los mastines;
* responsabilidad plena por cualquier incidente.
Por su parte, el Estado debe garantizar la máxima protección del lobo, del resto de la fauna salvaje y del medio natural.
La justicia significa que quien obtiene el beneficio económico es también quien asume la responsabilidad. Sin excepciones.
Así es como funciona una sociedad verdaderamente civilizada.
Las montañas no pertenecen ni a los ganaderos, ni a los cazadores, ni a los políticos.
Pertenecen a la naturaleza.
Y pertenecen a todos.
Son un patrimonio natural común.
Destruir al lobo es mucho más fácil que cambiar el sistema.
Pero el camino más fácil no siempre es el correcto.

