Desde la primera conversación con alguien que dice buscar una relación a través de la aplicación, hasta el momento en el que llega la petición económica expresa. Ofrecemos un testimonio en primera persona que refleja, paso a paso, las estrategias que lleva a cabo quien está al otro lado —que, ni mucho menos, sería quien aparece en las fotografías.
Todo comienza, como no puede ser de otra manera, con un match. Una notificación de un perfil escaso en imágenes. En este caso, una mujer de 28 años con una única fotografía, la principal. Su presentación no incluye más imágenes suyas.

Al tratarse de fotos posiblemente robadas, evitaremos mostrar el rostro de la mujer. En la captura anterior, observamos el cuerpo de su perfil en la app —ya denunciado—. Un desarrollo sobre su persona sin imágenes adicionales.
A continuación, llega el mensaje privado. En esa conversación, en su segunda comunicación, invita a salir de la aplicación y continuar por Telegram.

Esta es la primera bandera roja (si obviamos el perfil escueto). Salir de los filtros que ofrece una app de citas es exponerse en mayor medida a dar datos personales. Según cómo se tenga configurado Telegram, tienen al alcance tu número de teléfono.
Entonces, comienza la creación de vínculo. El caso que nos ocupa muestra una mujer francesa, con raíces españolas. Se presenta como huérfana y sólo tiene a su abuela en Francia —ingresada en el hospital—. Se disculpa por el idioma, por la forma torpe de hablar. Dice encontrarse en Rabat, pasando un semestre en el Instituto Veterinario Hassan II, debido a sus estudios en veterinaria. Cuando acabe su viaje de estudios, le gustaría mudarse a España.
Una vez presentada, su principal preocupación es conocer la situación vital de su víctima. Así, comienzan las preguntas para calibrar cómo de sola está esa persona.
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Sobre esto, la psicoanalista Nerea Sánchez nos explica que, como estafador emocional, quiere tantear sobre la urgencia que tienes sobre el vínculo. Tu nivel de necesidad de ser querido. Ese va a ser el eje de su juego.
Inmediatamente después, envía varias fotos. Algunas de ellas, analizadas en profundidad, son tremendamente reveladoras.

En esta imagen vemos, de fondo, un coche. Su matrícula, TR 04 LST, es rumana. Del mismo modo, en la siguiente fotografía detectamos otro detalle propio de países soviéticos, pero también de Rumanía: las tuberías de gas exteriores y de color amarillo.

Esto, nos llevaría a pensar que las fotografías son extraídas del perfil de una mujer rumana. Pero todavía quedarán zonas geográficas por aparecer.
Después de esa primera toma de contacto, comienzan las rutinas de cercanía. Conversaciones triviales que generan una dinámica de contacto. Un vínculo. Una manera de cubrir lo que Nerea ha tachado de «urgencia» por parte de la víctima.

Pero, dentro de estas conversaciones, en ocasiones, envía fotos de lo que está comiendo. Aquí, sin saberlo, está delatando, como mínimo, que no se encuentra en el Instituto Veterinario de Rabat.

En las imágenes que manda de sus menús, existe un patrón que nos lleva a comedores universitarios —o de organismos públicos— en Turquía. Especialmente, las combinaciones y las presentaciones de la comida. Éstas, descartan por sí mismas su procedencia marroquí por cuestiones tan concretas como el corte de la fruta o la preparación de la carne y el arroz.
Con lo cual, tenemos a una persona que podría encontrarse en Turquía, que se haría pasar por una mujer francesa en Marruecos y que lo estaría haciendo con fotos de una persona rumana.
Entretanto, se le propone una videollamada. Una toma de contacto visual que rechaza por una avería en su ordenador. Ese fallo se estaría dando tanto en la cámara como en el micrófono de su computadora.

Las semanas pasan y el tono cambia. Las muestras de cariño por su parte se hacen más evidentes. Sin embargo, apelativos como «mi príncipe» se mezclan con lo que parecen advertencias de lo que está por venir. En la siguiente imagen, vemos un sutil ataque psicológico.

Así que, con el terreno abonado durante semanas, llega el momento de poner a prueba la dependencia creada en la otra persona. Envía un mensaje de desesperación. Necesita dinero y lo necesita ya. Se siente muy mal y «humillada» porque no puede pagar la universidad. Su única familia, su abuela, está en el hospital.
En un principio, no es clara. Sólo dice que le hace falta dinero. Pero, finalmente, y tras pedirle claridad, pide ayuda económica de manera explícita.

En este caso, la víctima no se prestó a dar dinero y lo que recibió a cambio fueron muestras de hostilidad; reproches por no estar cuando se le necesita. Ataques psicológicos para lograr el fin de recibir dinero. No obstante, él sabía lo que estaba pasando desde el principio y lo que pretendía era documentar el intento de estafa.
Por su parte, Nerea incide en que «la urgencia por ser querido nos puede llevar a ser vulnerables ante estas situaciones. Quien prepara una estafa así, lo sabe, lo percibe y por ahí busca manipularte. Te ve como un objeto útil, y va a jugar con la urgencia primero, y después con la culpa y la vergüenza».
El primer paso, según Nerea, para no ser víctima —primero emocional y después de una estafa económica—, pasa por una fortaleza emocional y un trabajo personal. Vivir desde la calma y no desde la urgencia por crear vínculos.
Este tipo de historias no es más que un espejo donde vemos reflejado cómo la soledad no deseada nos puede volver vulnerables a la dependencia emocional.


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