|Opinión|
El eco de la calle palestina se desvanece bajo el peso de la indiferencia global. Al cumplirse un nuevo aniversario de la Nakba, la catástrofe de 1948 que fracturó la identidad y la tierra de todo un pueblo, el panorama actual en nuestras ciudades invita a una dolorosa reflexión.

Aquellas mareas humanas que inundaban las avenidas principales, como las que presenciamos con fervor en las segundas manifestaciones de 2023 tras el estallido del actual genocidio, hoy parecen diluirse en el asfalto.El cansancio social y la normalización del dolor ajeno han calado hondo en la opinión pública. La indignación inicial de la ciudadanía, capturada en rostros desgarrados que gritaban justicia bajo la lluvia, ha sido reemplazada por una rutina desensibilizada.

Las pancartas disminuyen y las consignas suenan cada vez más distantes.Resulta alarmante y desafortunado comprobar cómo la movilización social pierde su músculo precisamente cuando la emergencia humanitaria es más crítica. Las plazas vacías no significan que la opresión haya terminado; reflejan la victoria de la apatía. Mantener viva la memoria de la Nakba no es un acto nostálgico, sino un deber político urgente para evitar que el olvido institucional termine por sepultar la última esperanza de dignidad en Palestina.

