Detrás de la cámara: cuando el periodismo convierte el dolor ajeno en espectáculo cotidiano

|Opinión|

 

Esta fotografía lo resume todo. Una multitud de periodistas —cámaras en alto, micrófonos extendidos, teléfonos apuntando— rodea a alguien que no vemos. No importa quién sea. Lo que importa es el gesto: el de una industria que ha convertido la urgencia en coreografía y el dolor en producto.

Los medios de comunicación llevan décadas perfeccionando un mecanismo que, en su origen, pretendía informar y concienciar: mostrar lo que ocurre para que el mundo reaccione. Pero algo se ha roto en ese contrato tácito entre periodismo y ciudadanía. La sobreexposición a imágenes de conflicto, tragedia y sufrimiento no ha multiplicado nuestra empatía; la ha agotado.

«Cuando el sufrimiento se convierte en titular diario, el cerebro humano aprende, inevitablemente, a mirarlo sin ver.»

 

La psicología lo denomina fatiga por compasión. Los reporteros lo llamamos actualidad. Los espectadores, lo hemos normalizado hasta un punto que debería inquietarnos: asistimos a guerras en tiempo real mientras cenamos, scrolleamos entre una masacre o un desahucio y un anuncio de colonia, y al día siguiente ya hemos olvidado el nombre del país y la familia que se encuentra en la calle.

No se trata de culpar a los periodistas —muchos arriesgamos demasiadas cosas, incluso la vida para que veamos lo que los poderosos preferirían ocultar—. El problema es estructural. La lógica de la atención, la competencia por el clic y la velocidad de los ciclos informativos han transformado el periodismo de conflicto en un género con sus propias convenciones estéticas: el caos organizado, las lágrimas en primer plano, la multitud de objetivos apuntando hacia un punto invisible.

La imagen que da origen a este texto muestra exactamente eso: un pelotón mediático en acción. Nadie en esa fotografía parece ajeno a la mecánica del espectáculo. Todos participan. Todos somos, de algún modo, cómplices: los que disparamos la cámara y los que consumimos la imagen desde la comodidad de nuestra pantalla.

La pregunta que debemos hacernos no es si estamos bien informados. Es si seguimos siendo capaces de que lo que vemos nos afecte. Si la respuesta empieza a parecernos complicada, ya tenemos el diagnóstico.